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Simplemente Blog

lunes, octubre 24, 2005

Tradiciones escolares

Hay ciertos ritos que uno hace por costubre, sin pensarlo ni cuestionarlo. Hay tradiciones bonitas y siginificativas, por ejemplo para mí la pascua siempre ha sido, es y será un día para pasarlo en familia. Hay otras que escapan mi comprensión; Halloween y el año nuevo son fechas que nunca he entendido mucho, pedir dulces a cambio de no bañar una casa en claras y yemas siempre ha superado mi sentido común.
Mi colegio era uno de muchas tradiciones. De cantos preestablecidos, de campeonatos de deportes legendarios, de mucho título asignado a los alumnos a través de una corbata especial que representaba poderío frente a los demás. Y una no es tonta, piensa en la importancia real de los acontecimientos, trata de burlarse del sistema y críticarlo. Pero al final, se es parte de él, quieres pertenecer al mundo en el cual ya estás establecida y terminas haciendo todo lo posbile para quedar seleccionada para el primer equipo de hockey, ser "prefect" (término ultra desconocido para quién no participa de la cultura de mi colegio), y ganarse la copa "All Rounder" (idem).
Había una tradición en particular que odié durante toda mi infancia y adolesencia; el "Steeplechase". Suena muy rimbombante, pero al final no es más que un carrera de más o menos 1km y medio. Es extraño como esta que carrera forma parte de mi cultura colegial, es tan alien para todo aquel que no la conoce, al punto que Sergio Paz en su libro "Santiago Bizarro", la nombra como espectáculo freak.

El punto es que el Steeplechase se corre una vez al año desde el nacimiento de mi colegio. Me imagino que simbolizaba todo lo macho que eran los chiquillos en la época en que el colegio era un internado 100% masculino. Es un evento de gran importancia en la edad escolar, y de gran trauma para aquellas niñas un tanto regordetas y con poca capacidad atlética. El número que te dan cuando llegas a la meta pasa a representar lo que tú eres al menos por tres semanas. ¿Qué saliste? ¿Qué saliste? La pregunta del momento. Y cuando una está mojada (la carrera ofrece la posiblidad de "voluntariamente" tirarse a un pozo con agua helada unos pocos metros antes de la meta, cosa de definitivamente quitarte toda posiblidad de inhalar aire), agotada y roja como un tomate, además tienes que humillarte públicamente diciendo tu lugar. Tengo que agregar que las posiblidades de mentir eran nulas, inventar un número era un riesto mortal, porque tu amiga podía delatarte en un segundo.

Yo sufría toda la semana. Cada entrenamiento al sol, con el olor del pasto húmedo y sabiendo que en unos días más tendría que hacer lo mismo ante un público expectante, era para mí un sufrimiento indescriptible. Después en la línea de partida, mirando esa pistola de boca al aire, esperando el disparo que daba comienzo a 10 minutos de agotamiento. Aunque con el pasar de los años fui evolucionando hacia una mujer deportista, y me iba bien en la carrera, el nervio siempre fue el mismo. Siempre odié que fuera obligatiorio someterse a eso.
Han pasado 6 años desde mi último steeplechase. Y el tiempo cambia muchas cosas, hasta mi aversión a varias tradiciones de mi colegio. Me he puesto un poco melancólica, quizá el estar dejando atrás mi vida universitaria me ha hecho advertir lo lejos que estoy de mis días de coelgiala, haciendo surgir un deseo oculto de volver a eso que en algún momento odié. El asunto es que hice aquello que nunca en mi vida creí que haría; me inscribí voluntariamente para correr el steeplechase de este año.

Ese día me desperté tan nerviosa como hace 6 años, con el mismo dolor en la guata, sólo que esta vez con la irónica conciencia de que era una opción propia. Llegué al colegio un poco antes, para mirar como corrían los escolares; ahí estaba la niña/gacela de siempre, que corre como si estuviera hecha de aire, y el pobre que sin haber recorrido ni 200 metros se pone a llorar de la angustia y la enfermera tiene que llevárselo de la cancha, consolándolo con abrazos. En la línea de partida me cuestioné seriemente ni lucidez mental al estar ahí rodeada de señoras con pinta de atletas maratonistas, mirando nuevamente aquella mítica pistola que apunta al aire.

On your marks. Get set. GO. Fue tan traumático como lo recordaba. La competencia me latía en todos los músculos, cada valla que saltaba era un esfuerzo gigantesco. Todo el público (por suerte desconocido) miraba mientras yo apenas podía respirar. Faltaba poco por llegar a la meta, cuando me enfrenté a ese pozo hondo de agua helada. Podía no tirarme, pero si ya me había metido en esto, tenía que revivir todo de nuevo. Es un golpe extraño, pasas de estar hirviendo a estar submergida en un liquido congelado que te ahoga. Tratas de nadar, pero te pesa la ropa, las zapatillas y crees que vas a tener que quedarte ahí flotando hasta que alguna alma caritativa se apiade de tí. Pero, al igual que siempre, logré salir para el trote de la victoria. Esos últimos metros donde puedes ver a la profesora extendiéndote la mano con ese número que te pertenece... con ese logro que no es de nadie más que tuyo.

viernes, octubre 14, 2005

D.A: Deportistas anónimos


Siempre me ha resultado fácil obsesionarme con ciertas cosas. Con todo tipo de cosas. Desde lectora compulsiva hasta ser capaz de estar toda una tarde trabajando frente al computador con una sola canción en repeat. Hay obsesiones más sanas que otras, admito que declarase fanática de un juego de computador y dejar de lado deberes y vida social por crear familias virtuales no es clínicamente saludable. Tuve la suerte de que mi afición más reciente ha resultado ser tremendamente beneficiosa para mi estado físico y mental.

Desde que me inscribí en los 10 kilómetros de nike me volví totalmente adicta a correr. No fue fácil caer en esta obsesión. Empecé tímida, como quién no quiere la cosa. Corría un ratito, considerando que 20 minutos era la dosis perfecta para una persona físicamente a mal traer. Después desarrollé personalidad, me metía en internet para ver donde se iban a junta a correr las personas que trotarían junto a mí en la carrera final y partía a encontrarme con ellos. Por supuesto que todo esto con la dignidad propia de quién no quiere ser la más floja de los entusiastas. Es decir, corría junto a los pro, pero sin jamás dejarles saber que yo también estaba entrenando. Y es que hay que quererse un poco, no podía dejar que esos hombres de short corto, poleras profesionales y Ipod último modelo amarrado a su brazo supieran que yo, en un simple buzo y con zapatillas no aptas para correr pretendía igualarme a ellos.

Lo bueno es que las obsesiones traen resultados. Así como muchos días de interactuar con un juego virtual te convierte en una persona gris, con ojos resentidos y casi de seguro unos kilos de más, un par de semana de duro entrenamiento te pone en camino a recuperar el estado físico colegial (porsupuesto sólo en el caso de que efectivamente hayas movido las piernas en los años escolares). El problema es que no puedo parar. Si un día no puedo correr, caigo en un estado cercano a la angustia, siento que ya nada valió la pena. Por suerte no falta mucho para la carrera final, y espero que una vez que cruce la meta (lo cual espero lograr, aunque todavía no he podido correr los 10km completos), pueda empezar a buscar entretenciones adictivas menos agotadoras.

jueves, octubre 06, 2005

A correr


A diferencia de la mayoría de la gente, me gustan los comerciales. Los analizo todos; con algunos me río, a otros les encuento miles de faltas y hay unos cuantos que no se me olvidan. Siempre me acuerdo de ese comercial de Nike... en el cual una mujer corre por la ciudad (NY si no me equivoco) y de ella salen lavadoras, billeteras, computadores, en fin, todas esas cosas que la atormentan. Ella está feliz, concentrada en nada más que en poner un pie delante de otro lo más rápido posible.
Me daba envidia esa mujer, cada vez que la veía me daban ganas de ser ella. Siempre he sido una persona muy deportista y echaba de menos esa sensasión de dejar todo por un par de horas. Te deja te importar lo bien que te vez, si estás o no chascona, si se te marca la guata, si estás siendo lo suficientemente divertida o inteligente. Eres sólo tú y tu deporte. Hay muchas formas de moverse un poco pero creo que la más cansadora, y por lo mismo, la más intensa, es trotar.
Hace muchos años que no me lanzaba a correr por las calles. Me acuerdo que un par de veces en la playa mi mamá me invitaba a trotar junto a ella y yo accedía. Pero luego de un par de metros el cigarro me pasaba la cuenta, se venía la puntada en la costilla, empezaba a mirar la meta y hacer el cálculo mental para darme cuenta que queda 10, 15 o 20 veces lo que ya he corrido para poder tirarme en la arena.
Pero no más. Esta primavera decidí ser más proactiva. Estaba escuchando radio en la mañana cuanto escuché a Nicolás Larraín contar que él iba a correr los 10 kilómetros de nike. Si ese guatón puede, pensé, creo que es un buen momento para lanzarme a las canchas. Me metí a la página web para inscribirme, y convencí a mi querida madre que era una oportunidad ideal para hacer un poco de bonding. Entre lo linda y atractiva que era la página y el creciente entusiasmo de mi mamá, me fui contagiando con las ganas de correr.
No fue fácil decidirme a salir por primera vez a la calle. Necesitó preparación psicológica: convencerme de las virtudes físicas que mi cuerpo sin duda agradecería, hacerme una lista de música prendida para que algo me motive a hacer el esfuerzo de mover mis piernas y finalmente, imaginarme el papelón de tener que retirarme a mitad de carrera con mi polera naranja (te regalan una por correr la maratón) y el chip supersónico (te lo ponen al comienzo para medir tu tiempo) en mi tobillo.
Resulta que mi envidia por la chica del comercial de Nike estaba completamente justificada. Admito que casi me muero, que el cigarro amenazaba mi garganta, la traspiración me cegaba de vez en cuando y mi propio jadeo se oía por sobre la musica de los audífonos. Pero cuando llegué a mi meta personal (decidí comenzar con unos humildes 3 km en terreno plano), prometo que era mejor persona, sentí que algunos tormentos los había dejado atrás en el asfalto y quedé con todas las ganas de seguir preparándome para la carrera.

miércoles, octubre 05, 2005

Dueña Orgullosa

Finalmente me atreví a hacerlo. Admito que me vendí al sistema. Fueron demasiados artículos de diario, comentarios de amigos y invasión cibernética como para resistirme a la tentación de tener un blog propio. No tengo nada interesante que contar, y si tuviera, no sé si quiero compartirlo de modo tan impersonal con la comunidad virtual. Tampoco sé de qué me preocupo tanto, si probablemente yo (y casi de seguro, mi mamá) seremos las únicas asiduas al sitio. Pero es lo que hay... supongo que me acostumbraré a escribir de vez en cuando.