Tradiciones escolares
Hay ciertos ritos que uno hace por costubre, sin pensarlo ni cuestionarlo. Hay tradiciones bonitas y siginificativas, por ejemplo para mí la pascua siempre ha sido, es y será un día para pasarlo en familia. Hay otras que escapan mi comprensión; Halloween y el año nuevo son fechas que nunca he entendido mucho, pedir dulces a cambio de no bañar una casa en claras y yemas siempre ha superado mi sentido común.
Mi colegio era uno de muchas tradiciones. De cantos preestablecidos, de campeonatos de deportes legendarios, de mucho título asignado a los alumnos a través de una corbata especial que representaba poderío frente a los demás. Y una no es tonta, piensa en la importancia real de los acontecimientos, trata de burlarse del sistema y críticarlo. Pero al final, se es parte de él, quieres pertenecer al mundo en el cual ya estás establecida y terminas haciendo todo lo posbile para quedar seleccionada para el primer equipo de hockey, ser "prefect" (término ultra desconocido para quién no participa de la cultura de mi colegio), y ganarse la copa "All Rounder" (idem).
Había una tradición en particular que odié durante toda mi infancia y adolesencia; el "Steeplechase". Suena muy rimbombante, pero al final no es más que un carrera de más o menos 1km y medio. Es extraño como esta que carrera forma parte de mi cultura colegial, es tan alien para todo aquel que no la conoce, al punto que Sergio Paz en su libro "Santiago Bizarro", la nombra como espectáculo freak.
El punto es que el Steeplechase se corre una vez al año desde el nacimiento de mi colegio. Me imagino que simbolizaba todo lo macho que eran los chiquillos en la época en que el colegio era un internado 100% masculino. Es un evento de gran importancia en la edad escolar, y de gran trauma para aquellas niñas un tanto regordetas y con poca capacidad atlética. El número que te dan cuando llegas a la meta pasa a representar lo que tú eres al menos por tres semanas. ¿Qué saliste? ¿Qué saliste? La pregunta del momento. Y cuando una está mojada (la carrera ofrece la posiblidad de "voluntariamente" tirarse a un pozo con agua helada unos pocos metros antes de la meta, cosa de definitivamente quitarte toda posiblidad de inhalar aire), agotada y roja como un tomate, además tienes que humillarte públicamente diciendo tu lugar. Tengo que agregar que las posiblidades de mentir eran nulas, inventar un número era un riesto mortal, porque tu amiga podía delatarte en un segundo.
Yo sufría toda la semana. Cada entrenamiento al sol, con el olor del pasto húmedo y sabiendo que en unos días más tendría que hacer lo mismo ante un público expectante, era para mí un sufrimiento indescriptible. Después en la línea de partida, mirando esa pistola de boca al aire, esperando el disparo que daba comienzo a 10 minutos de agotamiento. Aunque con el pasar de los años fui evolucionando hacia una mujer deportista, y me iba bien en la carrera, el nervio siempre fue el mismo. Siempre odié que fuera obligatiorio someterse a eso.
Mi colegio era uno de muchas tradiciones. De cantos preestablecidos, de campeonatos de deportes legendarios, de mucho título asignado a los alumnos a través de una corbata especial que representaba poderío frente a los demás. Y una no es tonta, piensa en la importancia real de los acontecimientos, trata de burlarse del sistema y críticarlo. Pero al final, se es parte de él, quieres pertenecer al mundo en el cual ya estás establecida y terminas haciendo todo lo posbile para quedar seleccionada para el primer equipo de hockey, ser "prefect" (término ultra desconocido para quién no participa de la cultura de mi colegio), y ganarse la copa "All Rounder" (idem).
Había una tradición en particular que odié durante toda mi infancia y adolesencia; el "Steeplechase". Suena muy rimbombante, pero al final no es más que un carrera de más o menos 1km y medio. Es extraño como esta que carrera forma parte de mi cultura colegial, es tan alien para todo aquel que no la conoce, al punto que Sergio Paz en su libro "Santiago Bizarro", la nombra como espectáculo freak.

El punto es que el Steeplechase se corre una vez al año desde el nacimiento de mi colegio. Me imagino que simbolizaba todo lo macho que eran los chiquillos en la época en que el colegio era un internado 100% masculino. Es un evento de gran importancia en la edad escolar, y de gran trauma para aquellas niñas un tanto regordetas y con poca capacidad atlética. El número que te dan cuando llegas a la meta pasa a representar lo que tú eres al menos por tres semanas. ¿Qué saliste? ¿Qué saliste? La pregunta del momento. Y cuando una está mojada (la carrera ofrece la posiblidad de "voluntariamente" tirarse a un pozo con agua helada unos pocos metros antes de la meta, cosa de definitivamente quitarte toda posiblidad de inhalar aire), agotada y roja como un tomate, además tienes que humillarte públicamente diciendo tu lugar. Tengo que agregar que las posiblidades de mentir eran nulas, inventar un número era un riesto mortal, porque tu amiga podía delatarte en un segundo.
Yo sufría toda la semana. Cada entrenamiento al sol, con el olor del pasto húmedo y sabiendo que en unos días más tendría que hacer lo mismo ante un público expectante, era para mí un sufrimiento indescriptible. Después en la línea de partida, mirando esa pistola de boca al aire, esperando el disparo que daba comienzo a 10 minutos de agotamiento. Aunque con el pasar de los años fui evolucionando hacia una mujer deportista, y me iba bien en la carrera, el nervio siempre fue el mismo. Siempre odié que fuera obligatiorio someterse a eso.
Han pasado 6 años desde mi último steeplechase. Y el tiempo cambia muchas cosas, hasta mi aversión a varias tradiciones de mi colegio. Me he puesto un poco melancólica, quizá el estar dejando atrás mi vida universitaria me ha hecho advertir lo lejos que estoy de mis días de coelgiala, haciendo surgir un deseo oculto de volver a eso que en algún momento odié. El asunto es que hice aquello que nunca en mi vida creí que haría; me inscribí voluntariamente para correr el steeplechase de este año.
Ese día me desperté tan nerviosa como hace 6 años, con el mismo dolor en la guata, sólo que esta vez con la irónica conciencia de que era una opción propia. Llegué al colegio un poco antes, para mirar como corrían los escolares; ahí estaba la niña/gacela de siempre, que corre como si estuviera hecha de aire, y el pobre que sin haber recorrido ni 200 metros se pone a llorar de la angustia y la enfermera tiene que llevárselo de la cancha, consolándolo con abrazos. En la línea de partida me cuestioné seriemente ni lucidez mental al estar ahí rodeada de señoras con pinta de atletas maratonistas, mirando nuevamente aquella mítica pistola que apunta al aire.
On your marks. Get set. GO. Fue tan traumático como lo recordaba. La competencia me latía en todos los músculos, cada valla que saltaba era un esfuerzo gigantesco. Todo el público (por suerte desconocido) miraba mientras yo apenas podía respirar. Faltaba poco por llegar a la meta, cuando me enfrenté a ese pozo hondo de agua helada. Podía no tirarme, pero si ya me había metido en esto, tenía que revivir todo de nuevo. Es un golpe extraño, pasas de estar hirviendo a estar submergida en un liquido congelado que te ahoga. Tratas de nadar, pero te pesa la ropa, las zapatillas y crees que vas a tener que quedarte ahí flotando hasta que alguna alma caritativa se apiade de tí. Pero, al igual que siempre, logré salir para el trote de la victoria. Esos últimos metros donde puedes ver a la profesora extendiéndote la mano con ese número que te pertenece... con ese logro que no es de nadie más que tuyo.
Ese día me desperté tan nerviosa como hace 6 años, con el mismo dolor en la guata, sólo que esta vez con la irónica conciencia de que era una opción propia. Llegué al colegio un poco antes, para mirar como corrían los escolares; ahí estaba la niña/gacela de siempre, que corre como si estuviera hecha de aire, y el pobre que sin haber recorrido ni 200 metros se pone a llorar de la angustia y la enfermera tiene que llevárselo de la cancha, consolándolo con abrazos. En la línea de partida me cuestioné seriemente ni lucidez mental al estar ahí rodeada de señoras con pinta de atletas maratonistas, mirando nuevamente aquella mítica pistola que apunta al aire.On your marks. Get set. GO. Fue tan traumático como lo recordaba. La competencia me latía en todos los músculos, cada valla que saltaba era un esfuerzo gigantesco. Todo el público (por suerte desconocido) miraba mientras yo apenas podía respirar. Faltaba poco por llegar a la meta, cuando me enfrenté a ese pozo hondo de agua helada. Podía no tirarme, pero si ya me había metido en esto, tenía que revivir todo de nuevo. Es un golpe extraño, pasas de estar hirviendo a estar submergida en un liquido congelado que te ahoga. Tratas de nadar, pero te pesa la ropa, las zapatillas y crees que vas a tener que quedarte ahí flotando hasta que alguna alma caritativa se apiade de tí. Pero, al igual que siempre, logré salir para el trote de la victoria. Esos últimos metros donde puedes ver a la profesora extendiéndote la mano con ese número que te pertenece... con ese logro que no es de nadie más que tuyo.











